Obsesiones que matan


Recuerdo aquellos momentos en los que conversábamos; te miraba y, sin más preámbulos, te adentraste en mi juego, creyendo que podrías salir victoriosa sin tener en cuenta que tenías pareja. Conocía esa locura, ya que había sido testigo de ella antes, y aun así decidí arriesgarme, sin involucrar demasiados sentimientos, pues era algo carnal que solo nos brindaría placer por un tiempo.

Con el paso de los días, nuestras conversaciones se tornaron más intensas, las miradas más seductoras y los encuentros más frecuentes. Aunque nunca prometí amor, confundiste las cosas cuando tenías muy poco que ofrecer, y en mi orgullo no deseaba ser tu amante, o al menos no para siempre.

Solo anhelaba algo casual; tu interés me cautivó en mi soledad y, por un momento, funcionó. Me encantaba tu atención, que me desearas y me pensaras; me sentía como un niño con un juguete nuevo. Sin embargo, a medida que avanzaba nuestro juego, llegaste al punto de querer cambiar las reglas, intentando ser algo que no podías ser, ya que tu caballero de brillante armadura solo existía en tu mente.

Dicen que las obsesiones son placenteras, pero también pueden volverse peligrosas, y en mi ensimismamiento no supe ver las señales: los celos y las miradas de reproche. Más mi mundo no gira en torno a nadie, y mucho menos a ti. El tiempo es valioso, y las llamas se apagan a su paso como nuestro juego; la pasión disminuyó y no solo porque ya no era tan emocionante, sino porque cambiaste e imaginaste una historia que no era.

No me preocupaba tu cinismo, sino que demostraras más de lo que éramos y termináramos expuestos. Por ello debió finalizar lo nuestro sin mucho escándalo, pero ya habías perdido; tus sentimientos gobernaron y con ello tu delirio, pensando que te pertenecía cuando ya tenías ese título con otro. Así que no quedó más remedio que cortar comunicación, lo que sin querer desató una obsesión que solo asesinó tu corazón y daño tu autoestima.

Siempre fui claro en nuestro juego y nunca aspiré a más, pero te desviaste del camino y “pasaste por el fuego, pero le temiste a las brasas”, haciéndome al final el culpable de tus errores. Pero en la vida, no siempre salen las cosas como queremos y, aunque pecar es delicioso, especialmente cuando es prohibido, en su exceso deja heridas que duelen como obsesiones que matan sentimientos, relaciones, confianza, incluso la paz, pese a que el pulso siga latiendo, algo dentro muere, porque lo dulce también tiene un sabor agridulce, pero solo tú decides si deseas probarlo.



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